martes, 24 de agosto de 2010



Puta mierda. He cerrado la puerta del coche con mi dedo en medio. La uña ha cogido un tono morado: al menos es un morado bonito, como ese esmalte que un día quise comprar.

Encima, a mi madre no se le ocurre otra cosa que decir "a ver si te has machacado las falanges..." Casi me da un desmayo.

El dolor duele, pero es soportable. Lo peor es la sensación de culpabilidad por haberme hecho daño a mí misma. Cuando un dolor duele, lo más fácil es aferrarse a que la culpa sea de alguien. Decir en silencio "puto cabrón, ojalá te mueras", elimina de algún modo una difícil responsabilidad.

Ser la víctima es siempre mejor que ser el culpable.

lunes, 23 de agosto de 2010

IMAGINA: que de repente todas las máquinas del mundo se paralizasen. Que la electricidad se fuese al carajo.

¿Qué pasaría con la sociedad humana? RESPUESTA ABAJO

Que conste que no deseo que eso ocurra, y que no voy en plan ecologista utópica. Simplemente me preguntaba hasta qué punto hemos llegado a depender de lo material: del plástico, del metal, de las extrañas redes que hacen que yo pueda escribir esto aquí. Y no sólo me refiero a estos cacharros modernos, sino a todo lo material que no es esencial para sobrevivir.


Supongo que: se armaría un follón enoooooooorme, pero sobreviviríamos. Pronto algún listillo encontraría la manera de que los aparatos volviesen a funcionar, y si no, se inventaría otro sistema de máquinas que nos resolviesen la vida


Pero,¿ de verdad hacen eso las máquinas?

sábado, 21 de agosto de 2010

La dramática comida de coco


«En ocasiones —decía Marcos, con aire un tanto fúnebre— me siento diferente y como aislado de los demás.
«»A veces —continuó— siento como necesidad de abandonar el grupo en el que estoy, porque me siento incómodo. Trato de ser sociable, pero se me hace insufrible, no sé por qué. Creo que no sé disfrutar de la vida.
«»No sé como lo hago, pero enseguida pierdo las amistades y sufro pensando en ello. Lo pienso una y otra vez, le doy vueltas y más vueltas, trato de vencer mi timidez, pero no me sale, meto la pata, siento una vergüenza terrible y pierdo las oportunidades, me quedo paralizado.
«»Pienso que no voy a saber comportarme, noto que me preocupa demasiado lo que piensen de mí. Creo que de tanto pensar en eso, luego me falta naturalidad. Tengo la sensación de que todo el mundo me estará mirando y que se ríen interiormente de mí; y supongo que no debe ser así, pero lo pienso. Intento pasar desapercibido, pero soy tan tímido que precisamente por eso al final acaban fijándose en mí.
«»Veo que otros se desenvuelven con gran soltura, caen bien a todo el mundo, dicen cualquier tontería y a todos les hace gracia, y les tengo envidia. Las cosas que se me ocurren a mí no tienen gracia.
«»Siento una infinita tristeza ¿Cuál es la causa de que yo sea así? ¿Por dónde empezar? Yo —concluía— no quiero ser así.»


jueves, 12 de agosto de 2010


Laura jamás había creído en las conversaciones superfluas, de esas que suelen tener los conocidos cuando se encuentran en medio del centro comercial, por ejemplo:
- Mira, tú por aquí…¿qué tal?
- Haciendo unas comprillas, que mi hija quería ropa para empezar el colegio y claro, los padres estamos para eso, para ir con los hijos…
- Y que lo digas. Yo a mi niño lo he dejado con su padre…
- ¿y el padre qué, trabajando ahora?
- No… ahora con la crisis está en paro, pero bueno, vamos tirando…

Y ahora empezarán a hablar un poco de la crisis, y acabarán diciendo: “bueno, vamos a seguir comprando, a ver si nos vemos un día de estos…”

Odiaba ese tipo de encuentro vulgar, del mismo modo que detestaba las charlitas meteorológicas (sabemos de sobra que hace calor, no hace falta repetirlo una y otra vez) y sobre todo, no soportaba las conversaciones de adultos catastrofistas que piensan que el mundo cada vez va peor, que los jóvenes de hoy en día no sirven para nada, y que antes todo era mejor.

Laura siempre había pensado que estas conversaciones eran vacías, insustanciales, ridículas y, sobre todo, falsas. Porque la chica era una observadora voraz, y entre la mucha charla superflua que oía a su alrededor, siempre encontraba caras de completo desinterés. Y el desinterés, según ella, era el peor enemigo: porque Laura creía en la pasión por todo lo que hacía (o se hace con pasión o no se hace) como único modo de vida.

De este modo, como en las conversaciones superfluas nunca había hallado pasión, dejó de mantenerlas. Mejor dicho, no mantuvo ninguna. Y de este modo, cumplió diecisiete años sumida en un silencio atronador. No aprendió a hablar.

Siempre fue defendiéndose de este modo, sin darse cuenta de que la gente rehuía de ella porque ella rehuía de la gente. Pero llegó el verano de 2010, y fue entonces cuando se descubrió completamente sola, más sola que nunca antes había estado. Esto es porque ya me estoy haciendo mayor, pensó. En efecto, la compañía de sus padres ya no le bastaba para sobrevivir.

Y, mirando a su alrededor, se vio por fin como una completa estúpida. Una completa idealista estúpida y solitaria. Una futura idealista estúpida solitaria solterona y vieja y desencantada de la vida. Una vida llena de largos veranos vacíos como el que ahora estaba viviendo.

Pensó que las conversaciones sobre cosas importantes, como las que ansiaba con todas sus fuerzas, no llegarían sin pasar antes por conversaciones superfluas. Y pensó que quizá las conversaciones superfluas no fuesen tan horribles, que incluso podrían llegar a ser marvillosas.
Contar tus desgracias y alegrías, entrar en contacto con la gente, decir tonterías y reírte de ellas... Oh, qué maravilla.