jueves, 12 de agosto de 2010


Laura jamás había creído en las conversaciones superfluas, de esas que suelen tener los conocidos cuando se encuentran en medio del centro comercial, por ejemplo:
- Mira, tú por aquí…¿qué tal?
- Haciendo unas comprillas, que mi hija quería ropa para empezar el colegio y claro, los padres estamos para eso, para ir con los hijos…
- Y que lo digas. Yo a mi niño lo he dejado con su padre…
- ¿y el padre qué, trabajando ahora?
- No… ahora con la crisis está en paro, pero bueno, vamos tirando…

Y ahora empezarán a hablar un poco de la crisis, y acabarán diciendo: “bueno, vamos a seguir comprando, a ver si nos vemos un día de estos…”

Odiaba ese tipo de encuentro vulgar, del mismo modo que detestaba las charlitas meteorológicas (sabemos de sobra que hace calor, no hace falta repetirlo una y otra vez) y sobre todo, no soportaba las conversaciones de adultos catastrofistas que piensan que el mundo cada vez va peor, que los jóvenes de hoy en día no sirven para nada, y que antes todo era mejor.

Laura siempre había pensado que estas conversaciones eran vacías, insustanciales, ridículas y, sobre todo, falsas. Porque la chica era una observadora voraz, y entre la mucha charla superflua que oía a su alrededor, siempre encontraba caras de completo desinterés. Y el desinterés, según ella, era el peor enemigo: porque Laura creía en la pasión por todo lo que hacía (o se hace con pasión o no se hace) como único modo de vida.

De este modo, como en las conversaciones superfluas nunca había hallado pasión, dejó de mantenerlas. Mejor dicho, no mantuvo ninguna. Y de este modo, cumplió diecisiete años sumida en un silencio atronador. No aprendió a hablar.

Siempre fue defendiéndose de este modo, sin darse cuenta de que la gente rehuía de ella porque ella rehuía de la gente. Pero llegó el verano de 2010, y fue entonces cuando se descubrió completamente sola, más sola que nunca antes había estado. Esto es porque ya me estoy haciendo mayor, pensó. En efecto, la compañía de sus padres ya no le bastaba para sobrevivir.

Y, mirando a su alrededor, se vio por fin como una completa estúpida. Una completa idealista estúpida y solitaria. Una futura idealista estúpida solitaria solterona y vieja y desencantada de la vida. Una vida llena de largos veranos vacíos como el que ahora estaba viviendo.

Pensó que las conversaciones sobre cosas importantes, como las que ansiaba con todas sus fuerzas, no llegarían sin pasar antes por conversaciones superfluas. Y pensó que quizá las conversaciones superfluas no fuesen tan horribles, que incluso podrían llegar a ser marvillosas.
Contar tus desgracias y alegrías, entrar en contacto con la gente, decir tonterías y reírte de ellas... Oh, qué maravilla.

2 comentarios:

  1. Un completo idealista estúpido y solitario. Un futuro idealista estúpido solitario solteron y viejo... lo de desencantado no, porque me encanta ser todo eso de idealista y estúpido. Lo de solterón no me gusta tanto, pero de veeeez en cuando veo a alguna muchacha que me llama la atención, después me le acerco y me sale mal, como de costumbre, pero bueno, es lo que hay.

    Y si, definitivamente, esas conversaciones superflúas no son inútiles como hace un tiempo creía, en algún momento sirven como llave de la puerta de entrada a una conversasión interesante.

    Lo que escribiste merepresenta tal cual era hace un par de años.
    Ahora cambie un poquitito y me lanzó a hacer alguna que otra conversasión idiota, quiero decir, superflúa, a fin de lograr invitar a salir a tomar algo a alguien como, por ejemplo, la muchacha con quién salgo el lunes.

    "The power of the stupid talking" (?)
    (por las dudas aclaro que nunca tome clases de ingles)


    Saludos!

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  2. Me alegra tu comentario. Que tengas una maravillosa conversación superflua el lunes;)

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